La muerte de Andrés Escobar, más allá del sicario

Autocrítica de los narradores y periodistas deportivos

Hernán Peláez se retiró de los estadios conmovido y apesadumbrado por el asesinato del futbolista Andrés Escobar, tras la caída de Colombia en el Mundial de Fútbol del 94, celebrado en Estados Unidos. Con un autogol del “Calidoso”, llamado así por su juego limpio y elegante, se desinfló definitivamente la esperanza de convertirnos en campeones del mundo, porque llegó a pensarse en esa posibilidad.

La selección, derrotada, había regresado a Colombia pero narradores y comentaristas seguían en Estados Unidos, algunos recriminando, acusando y vituperando tanto a los técnicos, Francisco Maturana y Hernán “el Bolillo” Gómez, como al antes elogiado Escobar, ahora derrumbado por la carga de la responsabilidad del error.

Peláez encontró inadmisible, absurdo, el hecho, cuando recibió de madrugada la noticia que le suministró la periodista Sonia Rodríguez.

-"Yo había conversado con él en la gira previa, un muchacho correctísimo, el más sano, juicioso, dedicado. No salíamos del asombro”.

Muchos oyentes señalaron a Caracol (que tenía derechos exclusivos en la transmisión para Colombia) de haber caldeado los ánimos por las duras críticas lanzadas contra la Selección. El ambiente estaba muy enrarecido.

"Matar a un jugador porque cometió un autogol, me parece lo último", le dijo Peláez a sus compañeros y anunció su retiro de los estadios:

-“Es imposible seguir con ese cuento”.

La decisión incomodó al “Campeón”, Edgar Perea (qepd), el narrador y compañero de formula de Peláez, quien consideró que lo estaban dejando solo en las explicaciones que debían entregarse al país.

-Quizá Perea interpretó mal las cosas” -explica Hernán- como si lo hubiera abandonado, pero la decisión era más de fondo: No es posible ir a los estadios cuando la vida no vale. Edgar me lanzó muchas puyas que yo nunca contesté. No tenía porqué hacerlo. Le informé a la empresa de mi decisión.

-“La muerte de ese muchacho me causó un trauma interno. La posibilidad de que atentaran contra nosotros también era posible.

Y lo comentamos: -“Si algo nos pasa, tengan la seguridad de que Caracol nos guarda un minuto de silencio, que son dos cuñas de 30 segundos”.

El momento de la selección

Colombia había clasificado por segunda vez consecutiva. Era uno de los 24 equipos participantes en la Copa Mundial de Fútbol de 1994, en Estados Unidos.

Las crónicas de la época recuerdan que en el primer partido, Colombia cayó goleada 1-3 a manos de Rumania, con un espectacular gol de Gheorghe Hagi colgando al guardameta Óscar Córdoba. También perdimos 1-2 con Estados Unidos, el famoso partido del autogol de Andrés Escobar. Sólo le ganamos a Suiza, 2-0.

Hasta el gran Pelé había declarado que Colombia era su favorita para ganar el campeonato, tras el 5-0 contra Argentina en la fase clasificatoria.

Colombia, que había llegado con un amplio favoritismo por la prensa local e incluso por Pelé, luego del 5:0 sobre Argentina en la fase clasificatoria, se iba eliminada en las primeras de cambio.

Teníamos una selección de lujo: Oscar Córdoba, Andrés Escobar, Alexis Mendoza, Luis Fernando Herrea, Hermán Gaviria, Gabriel Jaime Gómez, Antony de Avila, John Harold Lozano, Iván René Valenciano, Carlos Valderrama, Adolfo Valencia, Faryd Mondragón, Néstor Ortiz, Leonel Álvarez, Luis Carlos Perea, Víctor Hugo Aristizabal, Mauricio Serna, Oscar Fernando Cortés, Fredy Rincón, Wilson Pérez, Faustino Asprilla, José María Pazo. El técnico, como está dicho, Francisco Maturana.

Peláez recuerda un testimonio de Maturana, pidiendo a los jugadores “cuidarse” en su regreso a Colombia (porque el Mundial siguió). Les dijo repetidamente: no salgan, no se muestren, habrá críticas, los van a señalar, habrá reclamos, aíslense un poco, adopten bajo perfil.

“Escobar había hecho un autogol, es cierto, pero eso no daba motivo para la acción que tomaron”, reflexiona Hernán.

El testimonio de Edgar Perea, para la historia

Lo de Andrés Escobar, fue realmente algo lamentable, me dijo Edgar Perea, con quien hablamos largo sobre el episodio

-“Yo estoy narrando. Sucede la jugada, que le podría pasar a cualquier futbolista del mundo. Andresito trató de evitar que la bola pasara al otro costado, estiró su pierna, con la mala suerte de que el balón pegó en la pierna y entró. Fue autogol, perdió Colombia ese partido.

Me culparon de haber dicho que Andresito había tenido la culpa de la derrota. Por supuesto esto causó en Medellín un efecto adverso y mucha gente comenzó a mirarme como el responsable de la muerte de Escobar, que sucedió después del autogol.

Los comentarios de Hernán no me favorecieron para nada, aunque no haya tratado de perjudicarme. Tuve que viajar hasta Medellín a dar explicaciones. Llegamos a Bogotá y nos separamos con Peláez. Así terminamos en ese momento, pero después seguimos encontrándonos en los siguientes campeonatos mundiales y en la Copa América.

Creo que la relación con Peláez se dañó por un tiempo, dice hoy Perea. “Siempre queda la dolencia, siempre queda el resentimiento, pero teníamos que seguir trabajando juntos y nos veíamos en "La Polémica". El problemita interno ha sido borrado por el tiempo. A Hernán lo aprecio y estimo como amigo y como uno de los mejores profesionales de la radio deportiva de este país”.


Son muchos los episodios vividos por los dos, incluyendo un hecho ocurrido durante la Copa de Europa, en Roma. “Recuerdo –dice el campeón- que nos alojamos en un hotelito barato porque a Hernán le gustaba ahorrar buena parte de sus viáticos. Vinimos a enterarnos días después que allí se hospedó Alí Agca, el tipo que le disparó al Papa”.

Autogol, el libro de Silva Romero

En una suculenta novela (400 páginas), que tituló “Autogol”, el escritor Ricardo Silva Romero recreó “la catarsis de una tragedia colombiana”, sintetizó Luis Fernando Afanador. “Es uno de los episodios más sórdidos del espeso ambiente del deporte nacional”, escribió Eduardo Arias. “…Interpreta como pocos la epilepsia emocional que es ser colombiano”, sentenció Daniel Samper Ospina.

En la ficción de Silva, “el comentarista deportivo Pepe Calderón Tovar se queda sin voz en el instante en el que el defensa de la selección colombiana de fútbol, Andrés Escobar, marca el famoso autogol que más adelante lo convertiría en mártir nacional. En medio del suplicio, el gordo Calderón entiende que la única manera de recuperar lo que ha perdido es cobrando venganza, y así decide emprender la misión de asesinar al futbolista”.

“De un día para otro (relata el gran locutor, personaje central de la novela), de buenas a primeras, todos éramos profetas. Todos, desde el niño grosero del kínder hasta el Presidente de la República, éramos videntes. Todos, desde “El Aristócrata”, hasta “El Poeta”, como me apodaba mi amigo por el cuidado que puse siempre a la hora de elegir cada palabra, sabíamos qué iba a suceder. Semanas atrás, antes de poner un solo pie en un estadio de Norteamérica, antes de echar a rodar el balón en uno partido de los tres que se jugarían en la primera fase del torno, nos habíamos declarado campeones mundiales. Estábamos completamente seguros de que nos llevaríamos la copa más importante del plantea. Algunos nos habíamos atrevido, incluso, a apostar por los triunfos de Colombia los ahorros de toda una vida”.

El lenguaje exaltado de algunos periodistas

El también periodista, magister en ciencia política y profesor universitario Gonzalo Medina Pérez, publicó un libro sobre su amigo de colegio: “Andrés Escobar, la sonrisa que partió de madrugada”, un relato exacto de los hechos, aunque utiliza algunos remoquetes para referirse a locutores de la época:

“Entre quienes sobresalían con sus vituperios contra la selección, aprovechando el autogol, estaban Rito Coleo y Marquitos Ríos. El primero era uno de los principales narradores deportivos, hombre de físico exuberante, quien alternaba la locución con el comentario. Por su parte, Ríos, de abdomen generoso, quien comenzó su carrera profesional haciendo entrevistas en los vestuarios de los equipos, pasó luego al campo de la opinión en radio y en prensa y se mostraba como un crítico acerbo de Maturana y su proceso.

Caracterizado por su verbo de tono subido y recurriendo con más facilidad al adjetivo que al argumento, este comentarista calificaba de “rosquero” al técnico, refiriéndose a su preferencia por jugadores del departamento de Antioquia, entre los cuales “el Calidoso” tenía que incluirse, aunque sin haber sido una de las fijaciones del susodicho Marquitos”.

Medina Pérez recuerda que Andrés murió acribillado a manos de un oscuro escolta de dos hermanos -igual de oscuros- llamados Pedro y Juan Santiago Gallón Henao. Escobar tuvo la infortuna de empujar con su propio pie la pelota hacia el arco de Óscar Córdoba, durante el partido con Estados Unidos, el anfitrión del mundial 1994.

“Hubo un común denominador en las transmisiones, crónicas y comentarios de la campaña preparatoria de la selección –escribió para este libro-. Cuando Colombia se enfrentó al Palmeiras de Brasil y lo derrotó en forma holgada, tengo presente la voz vibrante al extremo, casi que descompuesta, de un comentarista que no dudó en calificar de extragaláctico el fútbol practicado por Asprilla, Rincón, Valderrama y demás integrantes de esta legión.

Cuando la selección se preparaba para el Mundial de Estados Unidos, medios y periodistas le rendían culto al éxito, a ese estado que parece refractario a la desgracia. Pero cuando esa misma selección es eliminada de dicho torneo, con autogol incluido desde el botín de un aguafiestas llamado Andrés Escobar Saldarriaga, dichos medios y periodistas se apropiaron de otro vocablo: el fracaso.

En medio de la andanada de señalamientos, de llamados a juicios de responsabilidades, hablando de incapacidad en técnicos y futbolistas para afrontar el compromiso de representar los colores nacionales, se produce el asesinato del “Calidoso” Andrés Escobar Saldarriaga. A una desgracia nacional, como fue la eliminación del Mundial USA 94, se añadía una peor: la absurda pérdida de una vida joven e ingenua que, como en Romeo y Julieta, se convirtió en juguete del destino.

El mismo dos de julio, se concentraron no menos de 120 mil personas en el Coliseo Iván de Bedout, en la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, para dar su adiós definitivo a Andrés. En una de las paredes de la edificación, los presentes pudimos leer una pancarta escrita por una mano torpe pero animada por la indignación: “Señores Édgar Perea e Iván Mejía, aquí está el resultado de su labor periodística”.

Pero más allá de los nombres circunstanciales, pervive en nuestra historia esa impronta cultural caracterizada por los comportamientos extremos: de una parte, aquellos que nos empujan al éxtasis cuando irrumpe el triunfo al que nos aferramos con sentimiento de esperanza y de realización como país; y al otro lado, subyace el espíritu de rabia y venganza desmedida cuando es la frustración la que se apodera del sentir nacional. Una pregunta final: ¿cuándo será que medios y periodistas haremos la necesaria autocrítica para contribuir con nuestro trabajo a la inaplazable reconciliación entre hermanos?

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