¡Nostalgia por la copera!

La copera, era una mujer que distribuía copas de licor y, a lo mejor, en el extra tiempo, dejaba que la copa de sus sostenes se desprendiera para que algún cliente furtivo tuviera las manos doblemente ocupadas. O que con sus sostenes caídos adrede, sostenía una prole descuidada por un varón. Como el lenguaje comenzó a ruborizarse, a muchas coperas que sucumbieron a la mentira de sus clientes las llamaron, cabeza de familia, eufemismo con el que se oculta la sinvergüencería masculina.

Hoy en día y ante el color rojo de las antiguas palabras, tomaron el nombre de meseras, se mudaron y casi todas están a punto de graduarse. El oficio que vi en mis años mozos, me trae recuerdos que me atraviesan la mente cada vez que me siento a tomar tinto en los bares de hoy, desprovistos de coperas, un oficio que sucumbió al morbo pueblerino y al desespero o a la avaricia de la plusvalía. Hoy, la copera es uno. Los nuevos establecimientos dedicados al tinto no “manejan” en sus nóminas esa figura a veces triste que producía alegría antes de la embriaguez, cuando de la copa salía algo más que café.

Hablo de buenos recuerdos generados por las buenas hembras que con un delantal blanco o gris recibían las miradas de los comensales que repasaban la vanguardia y la retaguardia. Uno quería estar ahí, tomando tinto. Los precavidos legisladores haciendo uso de la prevención de padres, habían puesto en los códigos, la prohibición de tomar tinto en lugares en donde también se tomaban copas, a niños como yo. Ingeniárselas para pasar varias veces por los umbrales de los cafés Alférez o Buenos Aires, era parte de las tácticas iniciáticas del arte de conseguir amor. Las coperas, muchas de ellas aceptadas en la sociedad civil cuando formaron familia con antiguos coperos, llegaron a mi estancia nocturnal en donde paseo la memoria con su figura sensual, unas veces, o con su estampa retocada por la naturaleza, otras.

Esas mujeres inspiraron muchos pasajes de la historia política, administrativa y social de los pequeños infiernos grandes en donde nos criamos. Siempre sentí cariño por ellas y casi siempre después de la decepción de no poder tomarme un tinto en sus trabajos. Con el tiempo crecí y pude sentarme en una mesa de terraza bonaerense para saborear un café pequeño, pero ya no había copera. Se habían ido, tal vez, a servirles a sus propios hijos.

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