-AL AIRE-

Enrique Santos Calderón, una vida apasionante y borrascosa

Enrique Santos Calderón

Mejor que todas las series de televisión que se difunden por estos días es la historia de Enrique Santos Calderón, quien acaba de publicar “El país que me tocó”, “un libro de memorias, no una autobiografía”.

Santos, hermano de Juan Manuel, hijo de Enrique –eterno jefe de redacción de El Tiempo- nieto de Calibán (el mejor columnista de su época), sobrino de Hernando, primo de Pacho, amigo de García Márquez, privilegiado en todo, presenta un relato personal, periodístico, político, subjetivo, objetivo, en casi 300 páginas fáciles de leer.

Enrique Santos Calderón

Sobre el proceso de paz, el gobierno de su hermano, los asuntos del Estado, ya comienzan a aparecer columnas y reseñas amplias.

Me he gozado sus historias juveniles, que retratan bien la época de los muchachos “revolucionarios” del barrio El Chicó. Esta es una historia “rosa” antes de que llegara la rumba pesada, el saludo (¿o abrazo?) a algunos jefes guerrilleros, los tiempos del terror del narcotráfico.

Los hippies de Bogotá.

“…Los que nos quedamos en Bogotá optamos por fundar La Calle, un experimento de hippismo más urbano, a espaldas del Hotel Hilton y frente al aún entonces proletario barrio de La Perseverancia.

Un grupo de cerca d 20 amigos, encabezados por Benjamín Villegas, Ismael Enrique “Junípero” Arciniegas, Alvaro Carrizosa y Juan Escobar López, ya fallecido, invertimos modestos capitales en la idea de crear un pequeño barrio de hippies con negocios interconectados de flores, artesanías, pizzas, bares con música en vivo y discotecas nocturnas con rock duro.

Enrique Santos Calderón

El joven ministro de Educación, Luis Carlos Galán, asistió a la inauguración de La Calle, pese a que sectores del clero consideraban el lugar como un antro de vicio y perdición.

El matrimonio de Villegas y viajes cannábicos

Un miniescándalo fue el matrimonio estilo hindú que allí celebró uno de los fundadores, Villegas, que llegó con una zorra halada por una mula, los novios ataviados con túnicas extravagantes. Fue una experiencia original y divertida mientras duró, que no fue mucho. Sobra decir que todos los negocios quebraron.

Luego de viajes cannábicos, carretas alucinadas sobre yagés del Putumayo, hongos del río La Miel y demás ingredientes del quehacer hippie, todo eso comenzó a desilusionarme, a parecerme una alternativa cada vez más escapista y pequeñoburguesa, incluso reaccionaria, según el juicio de los marxistas locales, a quienes yo ya tomaba muy en serio.

Enrique Santos Calderón

Alcohol, bohemia, periodismo

Para retomar el hilo, ese desvanecimiento del embrujo hippie entre la juventud, no solo la colombiana, también fue producto de su creciente concientización política, que en América Latina tuvo un momento clave con el triunfo electoral de la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile, en septiembre de 1970

A finales de 1969, con 24 años, había regresado a El Tiempo cargado de ilusiones y entusiasmos. Fui nombrado coordinar de redacción.

Alcohol, bohemia y periodismo iban de la mano –dígamelo a mí- y nadie se escandalizaba de la obvia inspiración etílica de iluminados cronistas como Felipe González Toledo, Uriel Ospina, Ricardo Ortíz McCormick o el propio director Roberto García Peña, todos los cuales bebían tan bien como escribían.

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