-AL AIRE-

A quién le cumplo: ¿a la juez o a la esposa?

A quién le cumplo: ¿a la juez o a la esposa?

A instancias de María Clara Hermida, entrevisté a Pedro Valenzuela, uno de los seis hijos del famoso “Tigre” Valenzuela, oriundo de La Plata, Huila, asesinado en la plenitud de su carrera política y de la vida (tenía 50 años).

Pedro es docente de la Universidad Javeriana, especializado internacional en cuestiones de paz, bien distante del lenguaje vehemente de su padre. “Su lengua podía ser un látigo”, admite el hijo. El tigre fue congresista, recio conservador, sobrino del mártir de Armero (el padre Pedro María Ramírez) y demoledor en sus defensas jurídicas.

La carta a la juez

En su estilo y personalidad también cabía el humor, como en esta carta (facilitada por Vicente Silva) que le escribió a la juez Irma Gómez Hermida:

«... Me he notificado de su auto el 20 del pasado mes, por el cual se revoca la sanción que se me había impuesto de 500 pesos por no haber concurrido a la audiencia pública fijada para el 30 de marzo. Agradezco su última determinación. Sin embargo, me permito hacer notar que en esto de la nueva fecha para la celebración de la audiencia hay una especie de mala suerte, porque su Despacho la fijó para el próximo 15 de julio y acontece que el 15 de julio es precisamente el aniversario de mi matrimonio. Si acudo a la audiencia, seguramente voy a disgustar en materia grave a mi esposa. Y si concurro al hogar y no al salón de audiencias, voy a disgustar a la juez.

De un lado la mujer. De otro lado la juez. ¿Para dónde coger? ¿Qué camino adoptar? Severidad en las dos puntas. Severidad verbal en la esposa. Severidad escrita en la juez. Con ira santa la primera. Con gravedad económica la segunda. Si pago la multa, ¿con qué compro el regalo? Y si compro el regalo, ¿con qué pago la multa? Son implacables las dos. Mujeres ambas. Señora la una. Señorita la otra. Con partida matrimonial aquella. Con diploma universitario ésta.

El dilema es agudo. Si acudo a los brazos de la esposa, caigo en manos de la juez. Pero debo obedecer. ¿A quién? Por ministerio de la Justicia Divina, debo obediencia a la esposa. Por mandato de la justicia humana, debo obediencia a la Juez. Si desobedezco a la juez, se me impone una multa, que de no ser pagada, me puede llevar a prisión. Pero la mujer me declararía libre de la afectuosa prisión en que me ha tenido durante tantos años.

La juez me cita. La señora me llama. Ambas me esperan. A ninguna debo dejar esperando. La fecha de la audiencia fue fijada por medio de un auto. Y en un auto también se convino la fecha del matrimonio. ¿Por qué yo, que soy el defensor, habré de ser el del banquillo de los acusados? De antemano es conocido el veredicto que respecto a mí se pronunciaría. ¿Cómo adivinar el del procesado? ¿Qué será más temible? ¿La balanza en las manos de la juez o un rodillo en manos de la esposa? Pero de todas maneras iré. No cabe duda. La resolución está tomada, iré. ¿Pero a dónde? Dios me iluminará.

Pin It