-AL AIRE-

¡Violados¡

Vivimos en la cultura de la violación. La sexual, donde somos tercer lugar en el país después de Bogotá y Santander. Y la también miserable violación de nuestros bolsillos, a través de la corrupción de políticos y gobernantes (la mayoría).

Esos dos delitos, el saqueo a lo público (que en el Huila encabeza una familia) y la violencia sexual, están por encima del atraco, el homicidio, el abigeato y las lesiones personales, en un ranking muy serio establecido por la fiscalía general con respecto al Huila.

Las estadísticas que revela el fiscal Justino Hernández son demenciales, insólitas, aunque las diga con voz suave, como quien no quiere perturbar la calma. Es su estilo, la gravedad brutal de los hechos en el susurro de su voz.

Este año 2018 su despacho ha recibido 1.344 denuncias relacionadas con violencia sexual. Los casos van desde el profesor respetado en Garzón que violó por cuatro años a una de sus alumnas menores de edad hasta el infame padrastro que viola y asesina a un menor de meses (hijo de su pareja). Y el padre biológico que abusa de sus hijos, de 6, 9 y 12 años. Sin hablar del otro capítulo, el de algunos curas infames y perturbados.

Algo más grave y vergonzoso, según admite Hernández. Se volvió costumbre la cultura de la violación. “Normal” que se abuse de niños y niñas y que el padrastro convierta en víctimas a todos los miembros de su nueva familia. Aberrante también la complacencia de algunas madres.

El Huila vive una especie de lujuria colectiva, por los casos y estadísticas referidas. Otra cosa es el acoso sexual entre adultos, una infame epidemia que las víctimas poco denuncian, intimidadas (ellas y hombres también) por presiones sociales o laborales.

Desde tiempos pretéritos el poderoso piensa que puede intimar con la subalterna, como en otras esferas el guerrillero o el paramilitar asumían como trofeo de guerra el cuerpo de las mujeres de los vencidos.

Hablando de las miserias de la condición humana, sólo el poder de la literatura logra mitigar, sin justificar, la tragedia de la violación:

-“Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia” Pablo Neruda, Confieso que he vivido (1974)

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