El hermoso discurso de Juan José Hoyos, premio Simón Bolívar a la vida y obra

Voy a contarles una historia. Llamémosla mi historia. Nací en la década del cincuenta en una familia de campesinos del oriente de Antioquia. Mi abuelo materno se llamaba Antonio Naranjo y era músico y maestro. Mi abuelo paterno se llamaba Juan de Jesús Hoyos. La gente lo llamaba Juanito. También era maestro y dedicó su vida a formar maestros para las escuelas de esa región. Era conservador en el buen sentido de la palabra: no un hombre recalcitrante, ni racista, ni fanático. Sentía como iguales a los que eran distintos y respetaba su forma de pensar. Todos sus hijos fueron liberales: hombres y mujeres de corazón limpio que amaban la libertad. Él los respetó no solo en su elección política, sino en su forma de ver la vida. Uno de ellos fue Mario Hoyos, mi padre. En 1934, él se casó con la única mujer que amó en su vida. Se llamaba Ana Luzmila Naranjo. La enamoró a punta de serenatas. Lo cual quiere decir que la música ha sido parte fundamental de mi vida desde antes de mi nacimiento.

Mi padre tuvo muchos oficios: fue secretario de alcaldía, músico, comerciante y dirigente liberal en los pueblos del Magdalena Medio, en la época de la República Liberal de los años treinta que trató, en forma fallida, de modernizar nuestro país. Sus jefes políticos fueron Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Darío Echandía y Jorge Eliecer Gaitán. Uno de los pequeños tesoros que guardaba entre sus papeles eran los telegramas que ellos le enviaban. En 1944, cuando un sector del partido conservador liderado por Laureano Gómez, con la ayuda de los nazis alemanes, intentó dar un golpe de estado contra el presidente López Pumarejo, mi padre estaba en Puerto Berrío y había fundado un periódico llamado El Combate. Desde sus páginas luchó por defender la democracia y la libertad. El primer editorial lo escribió de su propio puño y letra y lo tituló “Porqué combatimos”. En enero de 1948, el año en que mataron a Gaitán, su negocio quebró. Ese crimen cambió para siempre la historia de nuestro país. También, la de mi padre. Un remolcador que tenía navegando en el río Magdalena se hundió. El otro se incendió. Y el hijo que esperaba, murió a los pocos días de nacido. Él, derrotado por la vida, fue a parar a Medellín con mi madre y mis hermanos mayores.

Una de las primeras historias que le escuché a Anita, mi madre, sobre esa tragedia fue esta: después del 9 abril de 1948, Puerto Berrío se alzó en armas y se declaró república independiente. Los aviones del gobierno bombardearon el pueblo. Mi padre se salvó de morir gracias a su desgracia. Todos los concejales liberales de Puerto Berrío fueron llevados presos a Medellín, a la plaza de toros La Macarena. Me refiero a los que quedaron vivos porque a los demás los mataron... Anita iba todos los días a llevarles comida. Yo nací cinco años después en un barrio popular de Medellín, llamado Aranjuez, lleno de refugiados de esa guerra. Era, como su nombre, hermoso y tranquilo en esa época. Allí descubrí toda esta historia gracias a las voces amorosas de mi padre, mi madre y mi hermana Lila, que abrazó la misma profesión de mi abuelo Juanito: era maestra de la escuela donde yo aprendí mis primeras letras.

Mi vida, como la de todos los colombianos dio un vuelco con el pacto de paz llamado Frente Nacional. Mi padre, fracasado en su carrera de músico, de dirigente político, de comerciante, de empresario maderero y de navegante, le pidió ayuda a mi tío Antonio Naranjo. Él, que era conservador, le consiguió un puesto de funcionario en la Secretaria de Gobierno de Antioquia. Mario trabajó varios años en muchos pueblos reemplazando alcaldes liberales y conservadores, sin más compromiso político que el de la rectitud. Finalmente fue a parar a la Secretaria de Gobierno de Medellín, donde trabajó como secretario e inspector de policía. Luego, se jubiló a fines de los años sesenta.

Cuento esta historia porque Mario Hoyos era un hombre que amaba los libros. La luz de la lámpara de su mesa de noche era la última que se apagaba en nuestra casa. Yo me quedaba mirándolo desde la penumbra de mi cuarto tratando de desentrañar ese misterio. Él mismo me ayudó a descifrarlo el día en que abrió un armario, sacó de él un viejo libro y lo puso en mis manos. Yo casi no era capaz de sostenerlo. Me dijo que era un diccionario. Juanito, su padre, se lo regaló. Esa fue su única herencia. Era un Larousse ilustrado del año 1929. Todavía recuerdo el olor a polvo y a humedad que se desprendía de sus hojas cuando las repasaba, maravillado, a mi regreso de la escuela. Pasaba horas enteras, tirado en el piso, contemplando sus grabados.

Cuando aprendí a leer en la escuela de mi barrio, yo lo esperaba todas las noches. Él llegaba con los bolsillos de su gabardina llenos de periódicos. Yo se los sacaba y lo acompañaba en silencio, leyéndolos. Después, cuando él se iba a acostar, se los devolvía y él se iba a su cama y se ponía a leerlos. Yo me iba a mi cuarto a regañadientes. Quería quedarme despierto, conversando con él de las noticias del día.

Esta pequeña ceremonia de todas las noches cambió mi vida. Mi primer documento de identidad fue el carnet de lector de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Creo que esta fue la época en la que nació mi vocación por este oficio. Lo comprobé años más tarde cuando acabé el bachillerato y decidí estudiar periodismo en la Universidad de Antioquia y, luego, cuando empecé a trabajar en la oficina de redacción de El Tiempo, en Medellín. Recuerdo que iba a visitarlo los fines de semana y pasábamos tardes enteras conversando. Hablábamos de los libros que estábamos

leyendo. A veces, también, de alguna crónica que yo había publicado en el periódico. Cuando la Editorial Planeta publicó mi primera novela –Tuyo es mi corazón– , él ya estaba casi ciego. Entonces me pedía que le leyera en voz alta uno que otro capítulo. A ratos me corregía una fecha, un nombre. Nunca he sido más feliz de haber abrazado este santo oficio de las letras.

Él murió dos años más tarde y ya no pudimos leer juntos jamás.

En 1985, renuncié a mi trabajo de reportero para tratar de dedicar más tiempo a leer y escribir.

Mi compañero Alberto Donadio, quien también quería dedicarse a escribir y se estaba preparando para retirarse de El Tiempo, me escribió un mensaje que decía: “Bienvenido al exilio de los libros”.

Fue un exilio feliz. Dediqué más de 25 años de mi vida a la formación de nuevos periodistas. En 1995, pedí una licencia para hacer realidad un viejo sueño de escribir un reportaje como los de mi maestro Germán Castro Caycedo y escribí El oro y la sangre, uno de los libros que más quiero.

Cuando volví a la universidad, me dediqué a leer revistas y periódicos colombianos de los siglos XIX y XX en su hemeroteca. Allí realicé otro sueño: el de contar la historia de los reporteros olvidados de mi país que consumieron sus vidas escribiendo crónicas y reportajes. El libro se llama La pasión de contar. Solo diré algunos nombres: José Joaquín Jiménez, El Caballero Duende, Orlando Perdomo, Jaime Barrera Parra, Germán Pinzón, Francisco de Paula Muñoz, Guillermo Pérez Sarmiento, Juan Roca Lemus, Jairo Zea... También me dediqué a leer los periodistas liberales y radicales de Antioquia: Emiro Kastos, el Indio Uribe, Antonio José Restrepo, y alguien que no era de mi tierra pero eligió ser enterrado en ella: Jorge Isaacs, nuestro más grande escritor del siglo XIX. A todos ellos quiero invocarlos hoy.

Dediqué otra parte de mi vida a refundar la editorial de mi universidad y a revivir la entonces desaparecida Revista Universidad de Antioquia, la más antigua e importante revista universitaria de mi país.

En el año 2003 decidí volver al periodismo. Es muy difícil abandonar para siempre el oficio que uno ama. Esta vez empecé a trabajar como columnista de El Colombiano. También volví a escribir crónicas y reportajes para las revistas El Malpensante, Semana y Soho. Y seguí escribiendo literatura, casi en secreto. Entonces ya sabía que ganarse la vida escribiendo literatura en un país como Colombia es una tarea de gigantes. Que lo diga Martha, la compañera de mi vida. Que lo digan Juan Sebastián y Susana, mis hijos.

El resto de mi historia es corta. Seguí escribiendo. ¿Periodismo? ¿Literatura? No sabía muy bien lo que estaba haciendo hasta que Álvaro Cepeda Samudio –escritor de cuentos y novelas- me enseñó que el periodismo es literatura de urgencia.

Cuando volví al periodismo me di cuenta de que nuestro oficio había cambiado no solo con la radio y la televisión, sino sobre todo con Internet. Ya no importaba contar historias, sino escribir noticias a una velocidad de vértigo.

Sentí que la velocidad nos impide ver lo que pasa a nuestro alrededor. Y no nos deja entendernos, ni siquiera a nosotros mismos. Mucho menos nos permite comprender el sentido de lo que hacemos. La velocidad marea. No nos deja escuchar a nadie. Ni siquiera al otro: la tarea más bella y significativa de este oficio. La velocidad nos convierte en esclavos de la agenda noticiosa que imponen cada día los que la fabrican. Y acabamos por convertirnos en propagandistas de la violencia colectiva, en idiotas útiles de quienes se benefician de esa violencia.

En un país como el nuestro, hundido en un conflicto social y armado tan complejo, la velocidad es uno de los peores obstáculos para encontrar la verdad, razón de ser de nuestro oficio. La velocidad nos hace informar de la matanza de hoy olvidando la de ayer. Nos obliga a renunciar a la memoria, la única que puede explicarnos el presente.

Después de pensar en todas estas cosas, hoy quiero recordar uno de los pensamientos más bellos sobre el oficio del periodismo. Mucha gente lo atribuye a Gabriel García Márquez porque fue él quien volvió a ponerlo en boca de todos en la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa celebrada en Los Ángeles en 1996.

García Márquez definió el periodismo como una pasión insaciable. “Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida” dijo. “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

También citó la frase del escritor francés Albert Camus cuando era redactor jefe de Combate, el diario clandestino de la resistencia francesa durante la época de la ocupación nazi, en la Segunda Guerra Mundial.

Cuentan sus compañeros que una noche, después de una larga jornada, cuando estaban en una taberna tomándose unas copas luego de dejar lista la edición del día siguiente en los talleres de impresión, Camus dijo entusiasmado y en voz alta: “¡El periodismo es el oficio más bello del mundo!”. Y los invitó a brindar.

Camus empezó a trabajar en el periodismo desde los 25 años, cuando vivía en un barrio popular de Argelia habitado por trabajadores árabes y franceses. Entonces era un joven escritor desconocido y estaba enfermo de tuberculosis.

Años más tarde, cuando estalló la guerra y ya vivía en París, se vinculó a Combate, y luchó desde sus páginas contra la barbarie nazi. Combate, una palabra cavada en mi vida como un abismo desde que mi padre la eligió para darle nombre a su periódico.

En sus artículos publicados en Combate, Camus decía que la misión del periodismo es ayudar al público a “comprender” —y no solo a conocer— lo que está ocurriendo. ¿Instantaneidad o exactitud? Ante esta pregunta, respondía: “Poco importa ser el primero, lo importante es ser el mejor”.

Para Camus el periodista es, ante todo, un ser humano, dotado de ideas y sentimientos y comprometido con los hombres: es la voz de la humanidad que no puede hablar en voz alta.

¿No es esta una razón suficiente para decir que este es el oficio más bello del mundo?

 

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