-AL AIRE-

Raúl Rivera, dueño del espacio público en las fiestas

La controversia y también las sospechas sobre la comercialización del espacio público de Neiva comenzaron desde sus orígenes, cuando el entonces alcalde Pedro Suárez formalizó unas supuestas reglas del juego en épocas de San Pedro.

El concejo le dio facultades al alcalde, quien a su vez expidió unos decretos con fuerza de acuerdo para acabar con el mercado persa existente en la ciudad. Planeación y cuatro secretarías tomaban las decisiones en subasta pública y en teoría todo se hacía por encima de la mesa (es un chiste).

Con el tiempo vinieron los ajustes “de acuerdo con las necesidades”, como dicen los corruptos, que encontraron la manera de buscarle la comba al palo y ponerle la trampa al billete.

El dueño hoy de esos espacios públicos es Raúl Rivera, el Secretario de Cultura, reputado folclorista con poca reputación en el manejo claro de los negocios alrededor de los asuntos públicos.

En teoría debe haber subastas pero las convocatorias son caprichosas, sus tiempos de adjudicación arbitrarios y los procesos –como ocurre con licitaciones y negocios del Estado- parecen trajes a la medida del beneficiado.

El tema de los palcos y las graderías, por ejemplo, requiere de claridad absoluta, que la estoy pidiendo a la administración municipal.

¿Quiénes se quedaron con el negocio? ¿Cómo fueron las transacciones? ¿Hay control de precios al público? ¿Unos son los espacios, graderías y palcos que se adjudican y otros los que operan?¿Se justifican las “utilidades” en detrimento de turistas y ciudadanos del común?

Rivera, quien aspira a la alcaldía, parece ejercer el cargo por encima de Lara Sánchez, dicen funcionarios de la administración. Y en San Pedro es un rey. Quita, pone, concede favores y regalos, traza rutas y las cambia, y hace sentir con fuerza la mano que le sirve.

Entre tanto el alcalde Lara Sánchez parece secuestrado por Géchem, víctima antes de un secuestro. “El jefecito” es el jefe político de Rivera y el suegro de la Secretaria de Hacienda, Nayarin Saharay Rojas. Algo así como que padre e hijo atacan por las puntas.

Rivera asegura por anticipado un buen trato a los concejales. A Dolcey Andrade, que monta su taberna, en el antiguo “Caldo y Pola”. A Carlos Sterling (graderías) y a cada quien lo suyo, respondiendo expectativas.

El espacio público se vuelve “amigable” en el abandonado malecón para “La tienda de Noé”, que frecuenta con amigos del concejal Roberto Escobar, hombre de tres bocachicos a la hora del almuerzo.

También para “La tienda montañera”, enseguida del Cai, cerca donde Cielo González como alcaldesa le montó una cantina a su hermano Celiano, la recordada “gaitana”, ofensiva con la heroína de la historia.

En fin, hay oscuridad. Y cuando los asuntos del Estado no son diáfanos aparece la turbiedad.

Dice Héctor Javier Osorio que “no deben existir más palcos de negocio”. Y propone construir un óvalo para eventos donde se puedan ubicar más de diez mil personas.

Entre tanto, esto del espacio público sigue manco.

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