Fiesta, folclor y corrupción en el Huila

El puente colgante entre la cultura y el botellazo

Las fiestas tradicionales del Huila, que tanto admiran en el país, se cocinan con altas dosis de ego por parte de los gobernantes, el forcejo entre muchos personajillos y engordando los cerdos por deglutir y los marranos que pagan las fiestas con sus impuestos.

Esa es la verdad. Los mil millones de pesos o más que gasta el municipio de Neiva (en lo folclórico y cultural), (dos mil el departamento) salen del bolsillo popular. Incluye los agasajos y relaciones públicas que el alcalde y sus secuaces (Muñoces, ortices y demás) adelantan por la época, que coincide con la víspera electoral. Los González traen a sus amigos empresarios de la alimentación escolar. No pagan ellos, pagamos todos.

Nos quedó grande a los huilenses que una sola corporación seria manejara las fiestas y fuera acumulando experiencia y calidad. Nunca –en tan poco tiempo del ensayo- se pudieron domar los egoísmos. Menos perder la ocasión de favorecer a los amigos o robarse unos pesos.

Por eso la corporación que presidió con excelencia Fanny Consuelo Ariza y que entregó al día, como consta en información oficial, no tuvo futuro. Había que volver al manejo informal de las cuentas, a la plata de bolsillo, a la clavija en la botella de agua, a la sobrefacturación de los espectáculos, al pillaje con las fiestas.

Raúl Rivera Cortés resultó ser el más indicado para concederle un tinte de credibilidad al sainete, por su meritoria carrera de músico, abogado y político. Con el humor negro huilense, dicen que si roba, robaría la mitad porque tiene un brazo inmóvil, tras un viejo accidente.

Rivera es el puente colgante entre la cultura (hoy es secretario del ramo en Neiva) y el botellazo de la fiesta; entre el folclor y las marrullas de su jefe Géchem Turbay; entre las buenas y las malas intenciones; entre sus principios de honestidad y los dirigentes corruptos. Entre lo ideal y lo posible; entre lo que quieren los puristas y lo que a él le viene en gana.

El símil es de Camilo Jímenez sobre Pablo Arango, autor de “Grandes borrachos colombianos”, personaje que magistralmente habla de Platón, el ajedrez, las cantinas, la filosofía, Pensilvania, El Caballero Gaucho, las putas, la ironía, las publicaciones universitarias, los griegos, el guarapazo.

Y lo traigo a colación ante la proximidad sampedrina aunque “tengo puesto en pausa el trato consuetudinario con el alcohol”.

Vivo hoy entregado a la familia, no al estilo de Cruz –un amigo ajedrecista de Arango- que lo era en el sentido postal del término. Lo llevaban a diario como un paquete a las puertas de su casa de sus sucesivas familias (se casó tres veces).      

En el Huila, entonces, nos preparamos para las fiestas que a su manera harán los González Villa y los Lara Sánchez, con sus respectivos directores de orquesta, pagados con la bolsa de los impuestos.

-Y que beban todos “tirando la cabeza hacia atrás, como un gran pianista”, para que sea ve bonito. Y que pase lo que Dios quiera.

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