LA CULTURA DE LA TRAMPA

Por: Hugo Fernando Cabrera Ochoa

Quien dice ser un sabio asesor de marketing político criollo hizo la siguiente reflexión a un grupo de personas: “Tengan claro señores, es mejor ser político que ser empresario. Un político si hace las cosas bien, desde una buena inversión y un buen trabajo, en ocho años puede estar listo, es decir rico, con dinero, sin importar las maniobras que se deban hacer para generar la riqueza. En cambio, para ser empresario se requiere de mucho esfuerzo, mucho sacrificio, demasiado riesgo, y para colmo de males, haciendo las cosas como deben hacerse, su empresa comienza a consolidarse después de veinte años y seguramente puede ser una persona acaudalada dos, tres o cuatro décadas después”.

Vivimos en el país en donde solamente pierden papaya los pendejos y hay que hacer fructífero cualquier cuarto de hora, porque si no se aprovecha se puede pasar de ser un ciudadano honesto a ser un pobre imbécil, pusilánime y perdedor. ¡Ah! Pero si se corre con la fortuna de pasar de ser dependiente judicial o auxiliar administrativo a secretario de despacho o gerente de algún organismo descentralizado que maneja dineros oficiales y se sale con las arcas repletas, es considerado un héroe y goza del prestigio del nuevo rico, sin importar los medio o mecanismos utilizados.

La cultura de la trampa ha hecho que muchos políticos, la gran mayoría, pero no todos, piensen en sus propósitos loables, filantrópicos y caritativos como la más valiosa raíz de sus discursos, pero su actuar dista mucho de lo expresado y cada acto relacionado con su gestión contiene un interés perverso que colma sus verdaderas ambiciones, materialistas y mezquinas.

La cultura de la trampa parece que fuera parte de los genes de nosotros los colombianos, sumados a los de la doble moral y la mojigatería, producto de ese cruce entre sano, puro, limpio y desintoxicado aborigen americano, con el de invasor, colonizador y usurpador español, que generó los famosos dos últimos mandamientos del colombiano abeja que son “No dar papaya y no perder papaya”, qué genialidad.

Por eso en muchos casos se presenta lo que sucedió en nuestro amado municipio de Neiva en donde unas mentes brillantes contactaron a unas mentes inferiores y les ofrecieron doce millones de pesos para elegir a dos funcionarios de alto rango en esta localidad, relacionados con cargos de supervisión y control, pero para qué si el salario no era del todo representativo, pues simple y llanamente para presionar a los ordenadores del gasto y éstos al verse investigados tras sus actos pecaminosos o tramposos, tuvieran que ceder a los intereses oscuros de los genios del plan, algo que es común en nuestro país.

Imagínense, si la nueva generación de súper asesores hace este tipo de recomendaciones a sus aconsejados y esa es su regla de oro, pues ya podrán ustedes entender por qué cada día estamos más jodidos, y vamos de mal en peor, con el paso del tiempo.

Pónganse a pensar ustedes que llegara el momento en que el pueblo dejara de ser tan sumiso ante las dádivas electoreras y las promesas de campaña, y un verdadero consultor orientara a sus candidatos diciéndoles, para ganar estas contiendas vamos a hablar con la verdad y si se gana la principal premisa será la honestidad y el servicio, porque la comunidad se merece unos buenos gobernantes; sería lo máximo, pero con esta filosofía y cultura que expongo en esta columna, al parecer lo que vamos a ver es totalmente lo contrario.

Pin It